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RETOS QUE AFRONTA EL TERAPEUTA

El cambio evolutivo que está viviendo la Tierra recibe nombres diversos: despertar, era de Acuario, nuevo paradigma… Por eso está muy activa la familia de almas de los sanadores y muchas personas se sienten llamadas a ayudar y a colaborar en aras del cambio de conciencia.

El mundo de las terapias ocupa un abanico muy amplio y permite una búsqueda personal de largo recorrido. Se trata de una gran oportunidad el poder ofrecer y disponer de las variadas herramientas que proporciona tanto la tradición como la creatividad. ¡Es todo un lujo de nuestra época tener acceso a tantas vías de sanación!

El terapeuta y toda aquella persona dedicada a curar, a aliviar el dolor individual o social, o acompañar, tiene ante si un camino de rosas – con sus correspondientes espinas.

La profesión terapéutica entendida en un sentido amplio adolece de algunos puntos débiles. Mencionaré tres que merecen especial atención:

  • La higiene energética: “en casa del herrero, cuchara de palo”
  • La autoconciencia: “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio”
  • Sanar y salvar: “entre dos aguas”

A través del terapeuta y gracias a su presencia se pueden vivir experiencias difíciles de atravesar. El terapeuta acoge, contiene, sostiene y encauza muchos tipos de energía. Hace de mediador, de transformador energético. Y no siempre puede eliminar de forma automática toda la carga que eso supone. Por eso, ocuparse de su higiene física, emocional, mental y de la higiene de su canal es un punto que debería ser fuerte y, sin embargo, acostumbra a ser fuente de desgaste, tanto más debilitante cuanto más inconsciente sea.

La autoconciencia, para toda persona, no es evidente porque falta la perspectiva. Estamos demasiado cerca cuando se trata de autoobservarnos. De ahí que una percepción mínimamente objetiva requiera de puntos de referencia exteriores fiables. Cuando éstos fallan, es fácil entrar en un bucle en el que se afine la mirada hacia fuera y se atrofie la interna. Dichos puntos de referencia pueden encontrarse en la buena amistad, en un buen professor o en su propio proceso terapéutico cuando es conducido con discernimiento.

El ámbito inconsciente del terapeuta se proyecta alrededor y se refuerza una actitud de rigidez, cuando no de superioridad, que aisla cada vez más al terapeuta y lo instala en una torre de marfil desde donde se enfocan los problemas ajenos con una gran precisión – y se desenfocan los internos con suma imprecisión.

Es muy sutil y apenas perceptible la diferencia entre el terapeuta que estimula la capacidad sanadora del sujeto-paciente y el salvador que se apropia de esta capacidad y carga sobre sus anchos hombros con todo el protagonismo. Es loable desear ayudar, desear servir y contribuir a expandir la salud. Pero cuando ese deseo disfraza necesidades no reconocidas (afecto, prestigio, sexualidad, estatus, etc.) se distorsiona la relación terapéutica, que corre el riesgo de convertirse en una relación de poder. El salvador ejerce poder y control bajo una gruesa capa de palabras y actos socialmente aceptados y valorados; la necesidad de reconocimiento que acecha en cada sanador juega malas pasadas y hace navegar a menudo entre dos aguas, la de la auténtica voación terapéutica y la de necesidades no del todo cubiertas…

El cuerpo genera síntomas cuando se asumen responsabilidades ajenas, y es un buen termómetro para dosificar y corregir las tendencias mencionadas. Unas tendencias con las que tarde o temprano lidia todo terapeuta que transita por la vía de su vocación terapéutica y la va depurando a medida que va recorriendo el camino de su autosanación.

Una vision global que no descuide ni la singularidad ni la humanidad del sujeto y que incluya la importancia de la higiene energetica representa un aporte cualitativo en toda terapia.

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